lunes, 28 de octubre de 2013

Sus pechos sabían a sábana; su mirada, a almohada


La casa, las escaleras, la barandilla,
un día la cama no estaba;
su lugar parecía una calle.
Entré en ella y era un colchón invisible.
Apoyándome en los codos verifiqué su dureza.
No estaba cansado ni quería dormir.
Tenía la calle bajo mi vientre, abierta.
Fui andando hasta el centro, despacio.
Oí un crujido de hueso.
Sonreí a la carne.
Puse bien mis pies, mis piernas.
Encajadas.
Noté el contacto de las rodillas;
hueso contra hueso.
De la calle recta salían luces.
Mi cama parecía alba.
Empezó a salir el sol por su cabecera.
La habitación temblaba.
Agarré por los extremos la almohada invisible.
Estaba tierna.
Le dije algo al oído.
Me atrajo los ojos.
Su boca era grande y abierta.
La cama respiraba adolescente.
Hizo mucho murmullo con las sábanas.
Parecía decirme: "Coge mi espaldas".
Busqué su espalda transparente
con mis dos manos aferradas.
Eran de tela limpia y algo de suavizante.
¡Qué débil perfume me llegaba!
"Coge mis filos", me dijo.
"Cojo tus manos", le digo.
"Coge mi boca", me dice.
"Cojo tus labios", le digo.

Estaba a mi lado de canto.
Mirando mis ojos; con su vientre respirando.
Sus pechos sabían a sábana;
su mirada, a almohada.
Notaba la respiración de su cuerpo empujarme.
Sus manos inquietas se aferraban.
Y dos besos de nadie salieron sueltos entre las sábanas.

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