lunes, 9 de marzo de 2015

Y las horas de tu silencio


Cada vez que te oigo la bondad en mí crece. Crece como la fe en el amor. Como los años crece. Como la nieve crece. Crece tu bondad al decirme; sí, tú, aquella que en tu silencio me hablas. Es el silencio de la desesperación, ya veo; ese que tienes retenido en tu gran boca. Quise para ella hacerte un himno o un poema. Ya ves como me lo tomo: con torpeza. Creo en tu bondad lenta. En tu bondad de tinta y memoria, en tu mañana siguiente con la que me alimentas. Es tu memoria grande y borra; y borra el dolor que sufriste, la pena que te dejó solitaria. (...) Quiero ser ese grito de tu vida, ese grito del habla, esa música de tus palabras. Sí, ahora: ahora que me has dado tus palabras, y las horas de tu silencio, y ese «tú ahí delante de tu mesa sola», a veces horas, a veces silencio. Pensando. (...) Son tus labios blancos, árbol de mis frutos. Ya sé que es la fruta de la distancia, ya sé. Que tus manos son el recuerdo que nunca ha existido. Ya sé que no tengo tu aire, ni la caricia, ni el beso. Ya sé que somos ventanas del tiempo y de la distancia: agujeros en lo que nunca ha existido. Somos hambrientos del contacto, ese olor que nunca hemos conocido. (...) No sé si lloras. No sé si lloro y no me doy cuenta. Tal vez aquí grito y este es mi llanto. Pero sí duele; y si duele será por algo. No te digo. Me lo callo. Te pongo la medida del silencio.

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