domingo, 22 de marzo de 2015

El espacio tiene brazos como ramas que salen de mi cuerpo


Todas las puertas cortan las llamadas. La llamada del infierno, por ejemplo. Las puertas de las huidas locas. Las demencias de los amantes marchitos. Los gritos que no aman. Y el dolor; sí, el dolor. El dolor tomado «a centímetros». El dolor del otro lado que viene por la espalda. Los besos «en el nunca». Los besos del vientre. Estas palmas son tuyas y las orillas intactas de mi cerebro. Todas las puertas son de arena, sin límites y secretas. El espacio tiene brazos como ramas que salen de mi cuerpo. Ese espacio eres tú; sí, tú: el fruto de mi ausencia; esa ausencia que espera en el borde del cuerpo: esa isla gaviota del deseo; ese orden del mundo dibujado; ese tiempo extraño y vulnerable. Son las puertas del tiempo que observan a los «llegantes», a los fragmentos, a los oídos helados: no son oídos sordos, son de hielo. Llaman a las puertas los trozos de la vida con sus manos de nieve. Llaman mientras el agua cae por la madera. Hay tristeza en esa fiebre de la llamada. Crece el invierno sobre las puertas. Se prepara un extraño surgimiento de mirada blanca.

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