martes, 17 de marzo de 2015

Debajo de mi cuerpo hay un pozo infinito



Y ahora allí quedan todas las palabras, palabras muertas en los cementerios de las cosas, en la orilla de las tumbas, en las raíces de las hierbas. Ya no crecen: son centímetros, frágiles y amarillas. Y ahora dime, tú que estás en la tumba muerto, dime cuan inmóvil es el silencio? -El silencio aquí es tierra. -¡Pero la ves! -La veo. La veo caerse grano a grano; tarda mucho en llegar al fondo del pozo. -¿Pozo? -Sí, del pozo; porque debajo de mi cuerpo hay un pozo infinito. Caen sus gotas con el sonido de la cueva; esa gota que hace del otro lado montículo de piedra, calcárea, brillante y blanca. Algunas, las más antiguas, salen por la superficie de la tierra; se elevan buscando el cielo. Son esas juntas las que llamarán a su puerta y le darán consistencia y suelo para que sobre él puedan caminar las almas.

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