sábado, 10 de agosto de 2013

Ella andaba cerca del río espeso




maúlla un trapo
sin mentir; sí.

Algún día en esta vieja cocina de estudiante.
tejados, libros, viejo diario.
Tejas rojas de viejos nublados.
Encontrarás al viejo diario, a las fotos,
de las viejas cocinas de los restaurantes,
a su humedad pegajosa,
a comer pobre de estudiante callado.
La rebeldía se reía de nosotros:
de todos aquellos que andábamos a las cuatro de la tarde
por las calles de un domingo o sábado vacío
donde no hay nadie.
A ella la veía cerca del río.
Ella terminaba de comer antes.
Después me la cruzaba varias veces en la tarde.
Impresión: ella no tenía ojos.
Ella veía el río de tierra, algún árbol, algo de mar en su recuerdo.
La sentía viaje.
Un viaje sin instrumento.
Nunca creí que alguien la esperara.
¡Curioso! No sé como son sus pies.
Su rostro era como una cara que mira.
No era posible saber a donde iba.
(Yo mientras soportaba mi paseo.)
Ella parecía querer morir pero sin la expresión en la cara.
Aparecía sin pasado.
Siempre presente entre dos puertas.
No necesitaba soportar la presión del tiempo.
¿Qué hacía en aquella ciudad que no era ni suya ni mía?
No nos angustiaba.
El río espeso bajaba la tierra.
Le faltaba la existencia. Le pesaba el cuerpo.
No se lo miraba. Ni siquiera las manos.
Nunca la vi tocarse el cabello.
Como si no estuvieran.
Como si no hubiera habido encuentro.
Su angustia era tan mental que no se la veía.
Apenas movimientos; como un árbol grueso con poco aire.
Pero le faltaba la vida (ella pensaba).
Como un "no lo recuerdo".
No se acordaba de su rostro.
Sabía que lo tenía; pero iba sin imagen.
A pesar de eso su aire se asfixiaba.
Nunca la vi de noche.
Creo que ella naufragaba sobre la luz del día.
No tenía orillas.
Nada tenía orillas.
Ni el mundo ni su cuerpo.
Solo las palabras la paraban.
Creo que tenía unas tijeras para cortarlas.
Por ejemplo a las tres de la madrugada.
Después, lloraba sobre ellas.
Las miraba. Les hablaba.
Les preguntaba y lloraba.
Seguramente llamaba a esas horas de la noche a alguien.
Sin saber que decirle mantenía el teléfono descolgado.
Luego, toda la noche, se oía, sobre la mesa, el sonido del teléfono colgado del otro lado.
Era madrugada. Siempre esa madrugada.
Fuera se oía la noche como si fuera un bosque.
Había poca agua. Siempre había poco agua.
Una vez llena no se levantaba a llenarla.
La miraba.
Como si fuera algo la miraba.
Lloraba. A veces lloraba como si llorar fuese una mentira.
Un ebrio llanto.
Se asustaba al verse llorar.
No sé. Tal vez porque era como una amenaza.
Ella sabía que eso era una amenaza.
Futura. Como si ya lo supiese.
Aunque hacia un gesto pensando que eso estaría muy lejos.
En un tiempo lejano, indeterminado;
aún suspendido.
Se acordaba del miedo de los árboles.
Sobretodo de los nocturnos.
Esos eran otros árboles.
Sustituían a los de la tarde.
Estos eran como casas.
Los nocturnos eran como animales.
Con intenciones, vivos, móviles.
Nadie debía salir a verlos; era peligroso:
podrían no volver.
Era demasiado de noche.
Siempre era demasiado oscuro.
Era como un pensamiento terrible.
Una amenaza.
Tal vez de ahí se le quedó esa pose fija inmóvil cuando ella andaba.
Ya deseaba que llegara el día.
Para nada. Para huir de los árboles.
Volvió la cabeza hacia el espejo del armario;
como si en el espejo hubiera alguien:
una imagen diferente, extraña, que nunca había tenido en mente.
Encendió otra luz.
Miró sus piernas sobre la silla.
Sin pensar en nada.
Imaginó que las piernas habían nacido juntas: sin esa separación que las hace piernas.
Volvió a mirar la jarra de agua. E hizo el gesto.
Quiso escribir. Pero las palabras gritaban.
Solo del papel había el silencio.
Fue hacia el espejo y movió la boca como si hablara.
Se miró sin prestar atención a los detalles.
Aún tenía el sabor a verde y blanco de la cebolla.
Temía el desorden de las palabras demasiado evidente;
los bocados de las palabras la asustaban.
Desordenada andaba en su habitación de noche.
De una pieza petrificada. Sin manos. Sin cuerpo.
Sin saber. Devorándose.
Sin memoria escrita.
"Déjeme usted" le decía a un alguien que yo no sé.
"Déjeme caer en las heridas de las palabras."
"Déjeme ponerme en letra."
Lenguaje-horror-extraño.
"No me habito."
Pasajera.
Erraba por un parque absurdo.
Inservible.
Pequeña, silenciosa, extraña.
Literal. Como marca de piedra.
Solo pedía ser más Real;
menos hora, menos cuerpo, menos fuerza del Oráculo externo.
Ser alguien que evoca; alguien a la vida redimida.
Vivir una ficticia tregua.
Hacerse un límite como historia en las bocas.

Poder por fin mirar.

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