sábado, 16 de febrero de 2013

Un ojo en la trompa de un elefante


Es honda. Es música. Es cuchilla.
Necesaria, blanca, somnolienta.
Se desliza un curso de sueño
y es luz nocturna
Se abren las puertas del infinito
en tu mundo onírico
allá muy cerquita de tu almohada.

Llegué en un bosque lejos
Y es mi cabeza.
Me vi en las mil figuras.
Deformadas e incoherentes.
Comí raíces llenas de tierra.
Burbujas botaban.
No había ni un pájaro en los sueños.

Desapareció como un pájaro blanco.
Busqué entre los árboles.
En un árbol borracho vi una sombra retorcida.
Como porcelana caía sobre la hierba.
Resultó ser el curso de un río.
Sueño, déjame dormir en este bosque.

Anillos rojos crecían sucesivos.
Puse atención a las piedras preciosas;
y eran piedras.
Se me hizo un nudo en los dedos.
Dolor.
Las manos estaban cortadas.
Terror.
Quise desembarazarme del dormir.
Impotencia.
Nadie se salva de lo nocturno.

Se me pasó el sueño a un charco.
Hondo y sed.
Alargaba mi boca de elefante.
Por su ojo vi el fondo.
Era como un mar profundo.
Silencio tranquilo y ausencia.
Nadé ahogado pero vivo.
Las algas me cogieron la cabeza.
Deslizantes, esponjosas,
escurridizas silbaban.
Se estiraban en mi nado.
Huyendo de un animal en redondo.
Una aleta. Tres aletas.
Tomé velocidad de crucero.
Rodeado.
Llanto.
Angustia.

Vi el fin de mi carne.
Aquí no hubo de la vida recuento.
Demasiado pánico.
Ante un cepo de dobles dientes afilados
blancos sanguinarios.
Se vino un boca negra para mi cabeza.
La reduje como un pelota.
Cerré los ojos; apreté la boca.
Y cuchillada.

Me desperté suficiente para ver como sangraban las algas.