miércoles, 6 de febrero de 2013

El espejo se quedó durmiendo


-Te aviso.
No vayas a decir de mí todo
lo que ya se ha dicho
de los espejos.
Que si soy una puerta
de un mundo absurdo.
¿Qué han creído que
yo soy un vientre
o una cueva?
¿Que yo permitiría tener
gente corriendo dentro?

Además, todo ese barullo
de pensamientos
no me dejaría dormir
por las noches
ni pensar claramente
ya despierto.
Su aliento
me empañaría
a cada momento.
Que no estoy yo
para familia
ocupando mis habitaciones.

Ya tengo yo bastante
con las preguntas que todos
los días me hace
la gente que mira.
"¿Que si estoy guapo y
bien arreglado?"
"¿Que si hoy
tengo mala cara?"
"Que asco de vida."
(¡Como si yo
tuviera la culpa
de sus estados de ánimo!)

Incluso una vez
me enseñaron un cuadro.
-"¿Qué te parece?
¿Cómo queda?", me dijo el pintor.
-Yo le contesté: "¿Acaso
sé yo
como es el campo,
si solo
he visto un cuadro?"

Lo sorprendente es
que no me contestan
cuando
les digo la verdad.
¿De qué están hechos los humanos?
¿Por qué no oyen?
En mí retumban perfectamente sus palabras.

¿No sois como yo
los humanos de cristal?

-No. Los
humanos no somos de cristal;
somos orgánicos.

-¿Orgánicos?
¿Como las plantas?
No creo;
porque las plantas que asoman por la ventana
son también orgánicas y sí me oyen.
Hablamos por las tardes
cuando todos duermen.
Hablan, hablan y hablan
tanto como el aire.
Quieren sobre todo
que las escuche.
Y cuando me ven triste
me dan un poco
de su aroma.

¿Ves?
A mí nadie me ha comparado
con un jardín,
ni
con un nido,
ni con un
bosque lleno de pájaros.

¿Será porque me ven vacío como sus ojos?

Tampoco me han comparado nunca
con
el fondo de un pozo;
o
con la noche.
Es porque no han visto
que la noche en mí se recoge.
Ella me usa de cama;
cama limpia y fresquita;
cama de miradas.

Ahora también he recordado
que en otros tiempos
me metían en un tubo
y me preguntaban
que si veía cerca los astros y las estrellas.

Yo solo veía
un gran ojo al otro lado.
Pero para complacerlos
me inventaba
un manto de cosas
con luces
polvo
mucho brillo
y lejanía.

Oye, tú, humano
¿Por qué tú no me preguntas?

-Yo no te pregunto porque
me gusta escuchar a los espejos.

-No hace falta que hables con otros;
porque
todos somos uno;
aquí, allá
y
en otro tiempo.

Todos tenemos la misma alma
y
los mismos pensamientos.
Vivimos en lugares y tiempos distintos
pero somos siempre
un solo espejo.

Antes éramos rudos y salvajes
cuando vivíamos en la naturaleza.
Fue entonces cuando aprendimos a
hablar con las plantas.

Pero un día lejano
alguién nos frotó,
nos hizo magia
y nos vió la cara limpia.
Se encegueció con nuestro reflejo
y no paró hasta que
nos hizo planos.

Me dió casa, calor y cuidados.
Me metió en su alcoba.
Nos volvimos cercanos.
Y yo me volví el espejo más íntimo.
Ante mí no muestran pudor
porque creen que no veo ni hablo.
Por eso no debe sorprenderte
que me muestren sus cuerpos
y sus pensamientos como
no lo hacen con nadie.

(Inconcluso porque el espejo se quedó pensando.)


Otra cara.


El espejo se quedó durmiendo.

-Te aviso. No vayas a decir de mí todo lo que ya se ha dicho de los espejos. Que si soy una puerta de un mundo absurdo. ¿Qué han creído que yo soy un vientre o una cueva? ¿Que yo permitiría tener gente corriendo dentro?

Además, todo ese barullo de pensamientos no me dejaría dormir por las noches ni pensar claramente ya despierto. Su aliento me empañaría a cada momento. Que no estoy yo para familia ocupando mis habitaciones.

Ya tengo yo bastante con las preguntas que todos los días me hace la gente que mira. "¿Que si estoy guapo y bien arreglado?" "¿Que si hoy tengo mala cara?" "Que asco de vida."(¡Como si yo tuviera la culpa de sus estados de ánimo!)

Incluso una vez me enseñaron un cuadro.
-"¿Qué te parece? ¿Cómo queda?", me dijo el pintor.
-Yo le contesté: "¿Acaso sé yo como es el campo, si solo he visto un cuadro?"

Lo sorprendente es que no me contestan cuando les digo la verdad. ¿De qué están hechos los humanos? ¿Por qué no oyen? En mí retumban perfectamente sus palabras.

¿No sois como yo los humanos de cristal?

-No. Los humanos no somos de cristal; somos orgánicos.

-¿Orgánicos? ¿Como las plantas? No creo; porque las plantas que asoman por la ventana son también orgánicas y sí me oyen. Hablamos por las tardes cuando todos duermen. Hablan, hablan y hablan tanto como el aire. Quieren sobre todo que las escuche. Y cuando me ven triste me dan un poco de su aroma.

¿Ves? A mí nadie me ha comparado con un jardín, ni con un nido, ni con un bosque lleno de pájaros. ¿Será porque me ven vacío como sus ojos?

Tampoco me han comparado nunca con el fondo de un pozo; o con la noche. Es porque no han visto que la noche en mí se recoge. Ella me usa de cama; cama limpia y fresquita; cama de miradas.

Ahora también he recordado que en otros tiempos me metían en un tubo y me preguntaban que si veía cerca los astros y las estrellas.

Yo solo veía un gran ojo al otro lado. Pero para complacerlos me inventaba un manto de cosas con luces, polvo, mucho brillo y lejanía.

Oye, tú, humano ¿Por qué tú no me preguntas?

-Yo no te pregunto porque me gusta escuchar a los espejos.

-No hace falta que hables con otros; porque todos somos uno; aquí, allá y en otro tiempo. Todos tenemos la misma alma y los mismos pensamientos. Vivimos en lugares y tiempos distintos pero somos siempre un solo espejo.

Antes éramos rudos y salvajes cuando vivíamos en la naturaleza. Fue entonces cuando aprendimos a hablar con las plantas. Pero un día lejano alguién nos frotó, nos hizo magia y nos vió la cara limpia. Se encegueció con nuestro reflejo
y no paró hasta que nos hizo planos.

Me dió casa, calor y cuidados. Me metió en su alcoba. Nos volvimos cercanos. Y yo me volví el espejo más íntimo. Ante mí no muestran pudor porque creen que no veo ni hablo. Por eso no debe sorprenderte que me muestren sus cuerpos y sus pensamientos como no lo hacen con nadie.

(Inconcluso porque el espejo se quedó pensando.)