jueves, 23 de abril de 2015

¡Cómo es posible que se me ocurra escribirte, ahora que la soledad está cerca!



¡Cómo es posible que se me ocurra escribirte, ahora que la soledad está cerca! ¡Cómo te hablo perplejo; perplejo y seco! La soledad está completa; como un cine con mala película. En esa sala oscura donde somos uno; uno solo, sin nadie; aunque huele a sudor y a cuerpo. Recuerdo aquel día a los quince años: estábamos frescos, tiernos y frescos, con manos suaves y ojos inocentes. Bueno, no tan inocentes; porque nuestras manos estaban en su sitio: en mi muñeco y en tu muñeca. No sé a que viene esto en un texto que se supone poético y de amor dulce e inocente; pero perdona: es que no he podido evitarlo; porque después de tus manos todas las demás manos no me parecen inocentes; por eso me he acordado de las tuyas. (Iba a decir «muñeca»; pero eso no está bien que te lo diga; de hecho nunca lo pensé: porque tú eras mi angelito.) Ya ves: aquí escribiéndote. Pero antes te escribía con los labios; antes. Antes fuimos labios, manos y bocas; antes. Ahora te escribo con el recuerdo; ahora. Antes... nos atrapaban las esquinas, nos sujetaban los bancos, y el jardín y la hierba. Antes eras olor, y ahora recuerdo. Antes te miraba las rodillas por debajo de tus faldas, sentada, andando, a tu lado, o por detrás o por delante, según te dejara pasar o me adelantase para verlas. Ahora las piernas me parecen piernas. Y antes...