domingo, 26 de abril de 2015

Al final del árbol hay un libro hecho de pájaros invisibles al tiempo


Al final del árbol hay un libro hecho de pájaros. Con las tijeras de sus picos empuñan los párpados y derriban los ojos sombríos, esos que son invisibles al tiempo. (...) Y en tu cama negra despierta tu vientre, despiertan las piedras de la ausencia. (...) El amor divide nuestros ojos abreviados, allí, en nuestro rostro de agua. (...) Gira y gira la mirada, asoma el hielo, navega bajo la raíz de la tierra. Son sogas verdes que atan los caminos de las pestañas entre las sombras de las tijeras de la mirada. Dan puñaladas tus ojos filosos y cortan la trama de las palabras. ¡Sí, éstas! ¿No las ves como se cortan? ¿No las ves con sus silencios tejidos? ¿No les ves su tela de araña? (...) Y el césped de tu lengua como un principio. Y la seda llena del silencio de las sombras. Y el calor aprendido. (...) ¿No ves que hablo de todos los verbos? ¿No ves que lleno con voluntad los silencios? (...) De ti aprendí el silencio de todas las claves y la voluntad del verbo. (...) Tu mente me sonaba a tus pechos. A tu pecho amamantado y a tu boca. Y tu cuerpo giraba en el retoño de mis ojos con un millón de años incubados. Y verás, amor, ¡el amor es tan breve que la vida no lo soporta! [Pero todas las sustancias se retuercen en mi pecho, bien formadas, con su fuerza clara, con una mente retorcida, y su lomo claro. Y si miras bajo el mal del perro hambriento de mis costillas, podrido de rabia; y si buscas a tientas mi cura; y si a ti te ofrezco estos pasos de la nieve después de todos estos inviernos; y si algo le falla a la muerte, que se olvida del tiempo y después se arrepiente; y si se abandona la espera y después se derrama; y por si eso no es suficiente, tengo sus manos. Y si algo en la agonía nace, y después se olvida en la cuna... ya no tengo palabras para prestarle.