viernes, 24 de abril de 2015

Allá en la pereza del olvido


Estoy perplejo sin tu auxilio; y debo decirte que te amo. Ajena; «corazón ajena». En este intento tomo auxilio de la palabra. [En todos los escritos de los poros... mi amor se redacta.] Allí tiembla. Se estremece y tiembla. Se oculta y aparece... resumen del brío (ausente). Allí pido a los torpes... a los torpes de corazón... que escuchen el error breve... que escuchen este ardor, esta paciencia,... esta inquietud larga. Y según esta fuerza creadora,... esta fuerza de irte,... estas piezas del «mí primero»,... estas piezas... «dama quiero rogarte»; me libro al ruego primigenio. Escucha: cuando termine el tiempo, todo el tiempo de la vida y de la muerte, cuando terminen los nombres, entonces voy a dejar de quererte. Mientras, tú eres el nombre de todas las cosas. Mientras, eres cosecha. Mientras, en mi corazón germina tu universo. (...) Serías mi amor destruido si no existieras. Mi amor «de me hiciste un mundo», autora. Y aquí, mis ojos te contemplan, como refugio del mal privado. (...) Eres el saludo de todas las cosas, la maravilla verdadera, mi conciencia. Eres de mi amor todas las prendas. Y me sacudes el porqué de las cosas. Y caen abismos profundos... y cantos de la naturaleza. Y los rayos son fuentes que iluminan el mundo. Esta alma firme con hojas a la deriva, perdida en la duda de lo poseído, en la claridad de tu tierra. Y permaneces. (...) Allá en la pereza del olvido, allá sin la duda, allá despierto de pies a cabeza, allá en la frente que nos quema. Allá donde la esperanza es latente, y arde y quema, sin dejarnos frente a la muerte. A ti, esperanza mía, te invoco.