miércoles, 11 de febrero de 2015

Cojo de la separación la tristeza


Reluces, mi mitad. Entre nosotros: tú y yo. En el uno dentro. Y se lleva, se lleva todos los extremos hacia el hueco de nuestros cuerpos. Se juntan, reposan. Brillan como bocas. Calientes como un lecho. Profanos. Hablamos de un «te amo» que sigue nuestros pasos. Por tu mente pasan ventanas. El mundo insolente de repente... pero aún es temprano: huraño como un aprendiz ciego. Deslumbrado de mano y tarde. Reverencia. Anuncio. Caza rápida. Tarde cosecha. Calle de cada lado. Campo, amor, estaciones. Horas de goma. Rayo fuerte. Hubo un eclipse, ya ves; un parpadeo: de la vida un guiño. Una noche sola. Hubo un estar mirando. Un «ya te veo». Un estirar la noche los brazos. Una extirpada noche al mundo. Una mirada negra andaba por tus tristes ojos. Sí, negra como un regreso. Pero ahora dime: ¿es ya la hora? la hora de que me vaya. Amanece en la cama de tus padres. Oigo los muelles de la mañana, algún suspiro, alguna queja. No: quédate un poquito, me dices. Dame un beso, un abrazo, un estamos. Me voy yendo y me visto. Cojo de la separación la tristeza. Me miras como apagada y sonrisa. Te miro con cara de otra noche. Dime ahora: ¿me amas? ¿Tú qué crees? te digo. Creo que sí. Pero no te vayas. ¡Anda, tonta! que solo se va mi cuerpo. Pero te vas. Pero me voy. Me haces sonreír como una llama. Me haces dejarte besos sobre tu cama. ¿Qué más quieres? Que te quedes. Pero si no puedo: tus padres. Olvida a mis padres y queda. Si se despiertan me cierran las puertas y en la comida no podré verte. Quédate. No. Quédate. Tampoco. No seas tonto. Tonta. No me digas eso. Tonta. Pero si te amo. Y yo. Pero si no quiero que te vayas. Ni yo. Estaremos mejor aquí siempre. Ya lo sé. Adiós. Hasta luego. Un beso. Muchos. Sí, muchos. Más. Sí, más que muchos. Y salgo por la ventana.

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