jueves, 25 de junio de 2015

Muéstrame tus manos para quitarme las sombras.


En el bautismo de tus ojos y en su lenta huella los matices de tu belleza me prometen viajes. Voy lento, hacia ti ceñido. Voy a llover en tus manos. Voy a hacer noche en la cueva de tus sentimientos. No sé; pero tendré que vivir así: en la desesperación de hacerte. Tendré que vivir en tu sombra. Tendré que hacerme tristeza. Tendré que despertar en agua-de-noche. Mientras, tu ausencia araña mis alas. ¿Este es el destierro que el amor me promete? ¿Es este el sitio de tu rostro? ¿Dónde estás, mi primer espejismo? ¡Desde donde me miras hay tanta distancia! ¡Tanta soledad desocupada! ¡Tantas veces tu rostro desaparecido! Que ahora, en estas cenizas se me vienen risas locas; sí, locas. Y tú dirás: Se le fue el corazón y la cabeza. Se le fueron, más allá de su cuerpo, sus manos. Se le fue el rostro más allá del olvido. Y dirás: Estoy aquí, mi amor, entre las cosas muertas. Estoy aquí, mi amor, en el destierro desocupado, en el sitio sin rostro, en el espejo perdido, aquí en las cenizas ciegas, aquí donde nada me mira, aquí sola y muero. Muéstrame tus manos para quitarme las sombras. Te pido una noche, una. Te pido el tiempo de tu boca, tu aire, los ojos que me describen. Te pido ese abrazo secreto que me hace; esa barca de tus manos, todas las puertas bajo tu ropa secreta. Aquí las horas se han vuelto locas: crecen por las paredes y, a gritos, hablan. Tal vez se les acaban las raíces del pasado y se secan. En su delirio de agua, gritan pidiendo la humedad de tus labios; cogen el mar de las ventanas, y confunden la luz con la vida. Lamen el cristal sedientas y echan raíces. Te espero, mi amor, como el que construye la espera. Y en este amor de puente, te espero como el que espera la vuelta.