domingo, 2 de noviembre de 2014

Como el cantador andante alcanzando el agua más allá de la sed bebida




Mi canto hacia ella continua así: como el cantador andante alcanzando el agua más allá de la sed bebida. Ven acá, mi amor, ofréceme la bebida nacida de la salud del agua. Así me gustas nueva. Así pareces. Así caes en mi boca como recién hecha. Bailas dentro como una borrachera, como un baile abierto a los ojos. Así te ofreciste a beber de esta sabia reluciente. Aquí descansas, tú, la aparecida. En ti yacen todos los recién nacidos, nunca terminados en tu retorno eterno. Bajo tu altar, mal jugada la vida, y ebria; en ella, en tu espíritu de caballo libre, se desgarran vientos tempestuosos. Y tú, fogata viva das nacimiento al torrente del campo. Sabia eres, estrella hermana a mi pregunta. Estás pensando por venir la lluvia diosa se levanta hoy despierta y hablas. Tú, hermana mayor en el Tiempo, yo, niño, hijo y amante, en tu reencarnacion otra me reconoces. Eres la fiesta de la lluvia anciana, de las ramas que se acercan, del zumbido sabio del trueno. Yo, este niño que fui en el nacimiento representado, ahora amante tuyo, en esta dimensión reluciente, eres fiesta vieja de los dioses, sabía y explícita, quedas por venir en esta negación de la muerte. Haces la lluvia desde el otro extremo del mundo, la haces, aquí en mi pecho, como hace el árbol al tronco. Hija de las ramas, diosa de la hoja, más allá, allá afuera, salen tus hijos hacia el extremo horizonte. Te acercas hablando, comes flores, las respiras, mientras un hijo cuelga de la rama de tu vientre. Allá dice su canto nuevo a la vida con sus chiquitos ojos recién estrenados. Vas a cantarle los días de lluvia, cuando se chupe los pies, cuando tenga el dedo gordo empapado de saliva, cuando descubra la vivacidad de su sexo. Le cantarás en tus camas sueltas, de pie, de rodillas, en su desnudez inquieta; le abrirás del corazón las ventanas, los poros del cuerpo, las ganas, el placer y el sexo. Le harás aullar como a un perro loco, perro solitario del monte, transido por el hambre. Eres tú esa que termina, la que no espera el fin de los tiempos, hechicera. Le pondrás cascabeles a sus ojos, sonoras primaveras. Y ahora que llegas como el horizonte, respiro y te tomo por nueva. Sigues platicando y terminas, y empiezas, me hablas, me besas, en medio del oriente. Los dioses en ti dentro, sorprendidos, audaces, buscan el sentido al universo, y seducidos terminan. Cuál es la siguiente lluvia; dime, cuál. Allá está siempre más lejos cuando tú llegas. Y yo aquí en medio no tengo lugar para esconderme. Háblame en voz alta y me visitas. Termina de una vez el tiempo; cárgatelo como a un intruso. Hazme una casa en tus manos, una casa de visita. Y allí dentro, usted y yo entonces. Sujetos por las manos, cogidos por los ojos, metidos en nuestra boca, somos. Hazme otra vez lluvia; te lo repito. Usted es mi casa mi escucha el tiempo que no pierdo, entonces. A aquellos que te explican les digo que no saben sonreirte; a los que te hablan a escondidas con mirada de noche, que te eschuchen y entiendan; a los que ven tu cuerpo furioso, a esos les digo: buena suerte. Y a ti que nada me debes, a ti todo te digo con insaciables palabras. Explicarle a tu padre que llegó el hombre: ese que te hace vida. Ya sé que no obedeces ordenes, ni siquiera aquellas de mis súplicas. Explícale al viejo que seré un pasar, que no se preocupe, que él es el primero y el único. Así lo harás más viejo: sin que él pueda jamás alcanzarte. Hoy es día de lluvia, como ves. Y no tengo otra cosa que hacer que pasar por tu ventana. Quiero ser ese árbol por el que subo, quedarme como rama dura y verde, darte hojas, sombra, raíz, simiente. Ya ves: estoy furioso, fuera. Aquí, en el poniente, te pones tú sola: ni sol ni agua ni nada; tú, noche. Terminarán los dioses con este mundo y a ti te dejan.

Ahora quiero citarte:

Canto la magia de la lluvia para atraer los años nuevos. No son himnos ni versos, no son permanencia. A los sacerdotes del amor les crujen las piernas, se arrancan las manos al no poder poseerme. Permanecen en la larga ceremonia de la abstinencia para darme su simiente. Hacen oráculos del silencio mientras de lejos me hablan. Permanecieron tiempos infinitos fieles al juramento del amor que me deben. Pueblan de hijos imaginarios los valles. Hacen para la sed futura fuentes. Despeinados como dioses locos y furiosos, piensan en la captura de mis brazos. Déjadlos murmurantes. Dejadlos como minotauros furiosos con su aliento de laberinto cerrado. Mojan sus pies descalzos de orina limpia, los esfínteres sueltos. Murmurantes de maldiciones porque saben que no cedo. Los orantes ansiosos de sed bajan de la lluvia mojados como padres terrenales, sufren de mi vista, saludando al alba. Sacerdotes de cantos poderosos beben toda mi gloria antes del cántaro. Alrededor de sus labios vacíos se les resecan torres viejas. Viven rodeando, para no desaparecer, las sombras. Sentados en el primer día del encuentro, quedaron inmóviles como la piedra. Son carne de una oración perdida: dicen los años como los granos del rosario. Les sudan los ojos cada día nuevo. Sacerdotes de turno me vigilan a escondidas en el gran orden del universo. Guardianes de la lluvia vienen con las cabezas llenas de ranas. Se les ha perdido el Tiempo, y la fe, y la boca de tanto llamarme. Me obsequian los tesoros de templos milenarios. Y yo, aquí creadora, sonrío y respiro como cien vacas sagradas. Esta es la fiesta del deseo con la que la vida me obsequia. Son Gritonas mis manos. ¿Y qué? Te estamos buscando, me dicen, con ausencia de soberbia. Me cantan y aún así están tristes. Me lloran y creen que no sienten. Babean con saliva nueva y no se regocijan de tus labios. Diosa del fuego, flecha, del amor bandera. Ya se está moviendo del corazón el polvo y las plumas de los pájaros crecen. Oye, cantador, ahora su mi canto crece ¿por qué no vienes a mi cama? Te estaba esperando en este instrumento de cama. Estaba buscando tus pies, estaba mirando el vacío de tus pasos ausentes. Buscaba la raíz. La raíz anterior y su torrente de sabia. Hermano, hombre, amante, mírame estas manos emplumadas. Dime dónde andabas, con quién, cuando, si fue noche, día o tarde. Dime a dónde has ido que me has dejado sin mirada. Dime si fuiste al cerro, allá donde se encuentra la huella. O allá en la sierra, matorrales adelante, entre mudas fieras. Dime si a tu casa llegaste, si fuiste al reposo, si allá se encontró algo o nada. Dime si viste al pájaro mudo, si te soltó augurios, o fue contigo secreto. Dime si encontró la huella de nuestro camino. Dime algo más adelante. Pero antes ven aquí a mi cama. He tapado su entrada al viento para que no sientas celos. Nuevas especies de pájaros han volado. Qué les pasa si tienen sola la tristeza. Y retornan al nacimiento del fuego. Y se esconden bajo el agua. Y retornan a la madera de donde salieron. Nacidos del sol, son fuego, y plantas, y madera, y taladro. Son fuego como ciertos árboles en el silencio. Por eso sus cuerpos están acorralados por la avaricia. Ven, y ámame listo. Para el amor no tengo espejos, ni para ti oscuridad. Ven, mi fuerza, no sufras de mi yugo. Ven nutriente a este noble inicio. Ven. He preparado las aguas para esta nuestra ofrenda.


Tengas larga vida en mis brazos.

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