martes, 14 de octubre de 2014

Me palpas por debajo de la piel; sí, bajo el muro del cuerpo


Me palpas por debajo de la piel; sí, bajo el muro del cuerpo. Dentro, mi fiera roe los huesos del amor. Entre los trozos de tus labios, en este cuerpo abierto, aquí te veo. Aquí te hablo con la punta del silencio. Pues me sabes a memoria, a recuerdo fresco, a haberte ido, a paso del tiempo, a corazones rotos, a nuestros cuerpos asimétricos. Me sabes a cuerpo sin palabras, como un veneno. No hay amantes bajo la hoja de papel, ni veneno suficiente para todos mis huecos. Nadie me dijo donde dormir en algún rincón del espejo; y encontrar tu alma como se encuentra agua en el desierto. Sí, sin dormir sin espejo. Aparte, allí en la cumbre desaparece, atravesado, viviendo de las heridas. No hay mayor laberinto que el amor perdido como un desdén de las tormentas. Me ofrezco como tu espacio, ese tiempo sin pies ni cabeza para reproducir el mundo. Es este el canto frío de tus manos que rompe la soledad de tu ventana. Ya me ves desafinado y solo, blanca evidencia de los vidrios sucios que vociferan. En un lugar del tiempo, tuve tormentas en la humedad de la noche. Un lugar, un mismo lugar siempre, parado, e infinito.

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