viernes, 17 de octubre de 2014

El río cuela muerto de su silencio


El río cuela muerto de su silencio. La ausencia es como un eco que no se consume. Y el sentido una pérdida. Ese eco del tiempo sin ti. Esos múltiples hilos. Esos míos que salen de tu boca. Esa luz que tus ojos esconden. Ese olor a ropa. Esos cuerpos del deseo. Esos juegos de la esencia.

Perderse para encontrarse. Amarse porque es el fin. No llorar lo que los ojos sienten. En tus ojos tengo la fe puesta. Porque me avisas. Me avisas cuando te extraño, cuando pierdo las manos y no me reconozco.

Nace el amor, nace la vida. Nace y te avisa. Nace el amor, y a veces te extraño, sorprendente y raro como lo inesperado. Y ahora, eso: el instante.

Adivina si te espero. Te esperaba. Esperaba de larga espera. Cuando las cosas empiezan por un te quiero, despiertas. Me enamoras; como decía antes. Me enamoras con tus alas. Me despiertas y amanece. Amanece como un regalo ciego, tomado a distancia.

Mira, amor, esto no es un juego. Aquí nadie pierde.

Desde que pasa el mar soy pequeño. Así como sentado sobre una mirada. Como agua, movimiento, agua y un poco de viento. ¿Dónde? En la playa. En esa playa desaparecida del recuerdo.

Hacía abajo atardece sobre nuestros cuerpos, y después un reflejo fortuito suena bajo la ropa, suelta sobre la arena el olor de nuestros cuerpos desnudos. Va cayendo como un sueño de día, atravesados de cuerpo a cuerpo.

El amor se escribe. ¿Te acuerdas? Indefinido, a través de las hojas desaparece. Desaparece como una hoja de líneas borrosas, como los huecos cuando se vierten.

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