miércoles, 2 de marzo de 2016

Ardiendo en tu virginidad me imaginaba

Ardiendo en tu virginidad me imaginaba un ser sublime y de gloria. Porque eres divina. Porque eres fuego sagrado de mi alma.  Eres lo que la ciencia llama esencia verdadera.  Me has convertido en hombre religioso primario. Siempre veo en ti el agente de la religión y de la vida. Dios para nada puede decir que no existes. Aunque eres a menudo indeterminada, y él tiene dudas de verte, yo te veo y siento como esencia de mi vida; pues no puedes ser cubierta por la niebla de la vida. Si él no sabe decirte, yo sé decirte. Diría él: es algo. Diría yo: es ser. Pero en fin, aunque para él no existieras, eso no cambia nada a tu vida. Eres ese poder indefinido e infinito que me hace. Eres la majestad de la fuerza, divino entendimiento, extraordinaria y numerosa, fuerte, mi venerada; así como la profecía de mi existencia. Me llevas al éxito de mis derrotas. Eres la eficaz magia. Eres la creencia de la tierra, su alma. Estás ligada a mi lugar; ese sitio donde crecen los frutos, lugar peregrino de la naturaleza. No eres indiferente para los frutos de la tierra. En mi lugar creces. Insertas las horas y la tarde, ¡tan cortas! Estás en el fluido de mi vida. Eres cálida y caliente en todas partes, la exactitud de mis sentimientos. Eres la senda universal de mi camino, señalado y perpetuo. Eres el camino que a mis pies lleva. Amigo de la intranquilidad plena me la quitaste.