jueves, 16 de junio de 2016

Un contrabando de la vida

Recogí mi desidia y anduve bajo tu mirada. Estabas preocupada por las preguntas que te habías hecho. Hubo un tiempo en el que te habían tragado los cristales; un tiempo de soledad de calle. Pasaba la gente como si nada; los coches como si nada. No llevabas ni reloj ni agenda; el pecho encogido. El efecto del amor se estaba pudriendo. En los cafés, tras los cristales leías. Una plaza, una calle, y vueltas. Las puertas guardaban los portales. Todo fuera de la ciudad estaba lejos. Reconocías tus pasos en cada acera. Tenías el futuro de los bancos. En sus jardines húmedos habían sombras; sus enfermos ruidos no decían nada. Estabas en la fiebre de los pasos. Y más tarde en la memoria la infancia eclosionaba. Era un interior como la yema del cuerpo, un contrabando de la vida.