sábado, 18 de junio de 2016

La lengua es un colegio lejano de sal que aún tiene sus heridas

Sudor y manta, y sequedad del tiempo. La lengua es un colegio lejano de sal que aún tiene sus heridas. Aún esperan despiertos los recuerdos con sus lagañas mientras la madre de la lengua consume los ladrillos de la cama. Espera; esto es un flashback; no puedo estar soñando esto. Compraba un bocadillo en un camino polvoriento. Era primavera u otoño, y sol. Las sombras aún no habían vuelto de la noche. Se descabezaba la mañana. Las ranas estaban sedientas. Y un verde mojado, tal vez, decoraba al campo. Se había quedado la concentración en la cama. Los zapatos andaban arrastrando. La cartera parecía una gran piedra a la que nunca conseguiría subir. Los libros los habían escrito los egipcios; Champollion me ignoraba. Iba el día con calor de banco, silla y dura mesa. Iban las horas a pasar las páginas. Las ventanas estaban tan altas que los ojos solo veían muros. Olía a pies y cuero; en invierno a la humedad de los cuerpos venidos de la noche. Alguno tocaba los mocos con la punta de la lengua. Otros sostenían libros de rodillas, cara al muro y en silencio. Una vara larga indicaba cada signo de la pizarra. De vez en cuando se oía un castigo de carne más allá de las miradas bajas forzadas. La media hora del patio vigilado no parecía suficiente consuelo para la otra mitad de la mañana que quedaba. Era necesario comer garbanzos del duro campo para volver con valor por la tarde. Tal vez la grasa producía otro tipo de somnolencia; y las tardes parecían más cerca de la noche. Cien veces el error fue copiado más de cien días. Y los doloridos dedos se tapaban bajo la manta.