jueves, 13 de febrero de 2014

No faltó nadie ante el dolor



Y a pesar de los rostros el mundo había desaparecido.


No faltó nadie ante el dolor.
Ni un impasible testigo del dolor.

Cuando mis manos ya no eran dos pertenencias,
ni servirían para nada,
ni eran manos sino gritos en el cielo
débiles e inquietantes,
de nadie, de manos,
seguidas por un cuerpo.

A nosotros, en coma
rígidas de horas,
cerradas todas,
y después, vino la vida sin puertas.

Cortadas, puertas.
Escapando de este mundo.
Huyendo de la demencia.

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