jueves, 7 de agosto de 2014

Ella iba, lo sé, desconocida.


Ella iba, lo sé, desconocida. Ella iba y me detuve en su puerta. Ella en su habitación, dentro. Su habitación es una puerta. Ella dentro; yo, fuera. Sola. Solo. Y ambos mirando. Ella iba; yo, ciudad. Ella, casa; yo, nadie. Ella hablaba con los peldaños. Yo, su escalera. Ella, puerta. Yo, puerta. Y todos aquellos que veía sus pies la recordaban. Me suenan sus frases; calientes, retumbaban. He venido ciego: no sé lo que dicen mis palabras. Un instante y no sé lo que he hablado. No te he llamado. Mis palabras aún tiemblan. Eran breves; rápidas y breves, valientes; seguras de carne fresca; también, de ninguna parte. Son de aire; corren por la ciudad desnuda. Vainillas, como campanas. Entran y salen por mi boca. Aire. Cortejar el aire con ojos ávidos de cielo. Ella iba con su nombre en la boca; perfumada como una caricia clara. Miro el ombligo de la puerta frustrada, sin vida. Parece una araña. Con llave como un murciélago. Estuvimos extraños. Luego las manos tocaron alas. «Es usted bello para ser noche.» Sonrío por las señales. Las tuvimos dentro de tu cama. He leído tu cuerpo como un rosario. ¿Te llamas? Tu nombre desfallece. Esculpe el viento. Tus manos son alegría, agradecimiento, euforia. Eres futuro, ¿sabes? Es por ti ¿sabes? Así no quiero morir completamente. Esta alegría tiene derecho a derrotar al mundo. Para que alcance a creer.

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