sábado, 25 de enero de 2014

El secreto de la secta milenaria



No se dirán nombres de personas, cosas, lugares, ni se mencionarán fechas porque esto ocurre desde hace algunos milenios.

En ese parto estaba la matrona, las ayudantes de agua, la Sabia y su pequeña hija; esa que tenía la mirada más clara, las manos más sensibles y el oído más limpio.

-Mamá, ¿dónde está el anterior?
-Corrió hacia la libertad.

La matrona, después de limpiar al recién nacido con todo detalle sin dejar ni un solo rastro de su vida anterior, lo depositó con mucho cuidado sobre una amplia mesa excesivamente limpia bajo un exceso de luz.

En silencio y con mucho cuidado la matrona y las ayudantes de agua sacaron a la madre del lugar. Lo que iba a suceder lo sabían solo la Sabia y su hija la iniciada.

Ambas miraron al niño con todo detalle. Cada pequeño trozo de su cuerpo entró en sus ojos.

Estiraron sus pequeñas piernas juntas. Tanto boca arriba como boca abajo. Midieron con el ojo de la experiencia y con sus manos la proporción de sus huesos. Palparon el fémur y la forma de la cadera. Hicieron movimientos extraños a cada pierna mientras mantenían sus dedos sobre el encaje de esa articulación.

Rodearon con sus manos el hueso del muslo palpándolo muy lentamente desde el fémur hasta la rodilla. Cuando notaban algo en su superficie volvían a inspeccionarlo con la yema de los dedos y con los ojos cerrados.

Este minucioso proceso exigía a veces horas cuando llegaban a la rodilla. Con todos los conocimientos acumulados durante generaciones podían haber escrito un perfecto y completo tratado de anatomía.

Procedían con la misma minuciosa lentitud con la articulación del tobillo y con cada uno de los huesos de los pies. Después volcaban al niño boca abajo e inspeccionaban
la nuca y cada una de las vértebras de la columna vertebral.

Una observación que se iba haciendo simultáneamente era la apreciación de la modulación y del timbre del llanto. También tenían en cuenta cuanto tiempo tardaban los ojos y el oído en reaccionar al movimiento y al sonido de las palabras.

Una vez terminado este primer trámite entregaban el bebé a su querida madre. Con llanto en los ojos, con gran alegría, lo tomaba entre sus brazos, lo abrazaba, besaba y reía.

Mientras tanto habían llegado de todas partes los miembros del grupo para festejar durante varios días la alegre llegada del recién nacido.


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