lunes, 9 de abril de 2012

Ofrenda a mi padre

Cuando tenemos que empezar a despedirnos despacio del que estuvo antes que uno.

Ya te dije lo que crearon tus primeras preguntas en mí.

Tus primeras preguntas me hicieron ver todo lo que yo no podía aún saber.

Tus primeras preguntas me abrieron al mundo.

Entré en este mundo por las preguntas que me hacías.

Tus primeras preguntas me hicieron descubrir que el mundo es maravilloso.

Tus primeras explicaciones me hicieron desear ser sabio...

Me llevabas contigo y me explicabas todo lo que yo veía; y me preguntabas: ¿aquello qué es?

Quise ser yo quién te explicaba y me inventaba lo que eran las cosas y cómo funcionaban.

Tú sonreías y me decías: es un poco más complicado. Pensé que todo sería muy complicado, que tendría que pensar mucho.

Algún día te dejaré como ofrenda todas las respuestas que en mi vida encuentre.

Padre, todo es amor; incluso la muerte. La muerte es la forma de amar que conoce la materia.

Padre, yo sé que quisieras contarme tantas cosas; pero no te preocupes: todas las cosas me las has contado tú.

Incluso en el calor con que te vas, padre, viene como recuerdo de nuestros veranos. Veranos más allá de la siembra.

Oía el ruido del motor al llegar por el camino de polvo de la derecha de la casa de los abuelos. Me entraba la alegría del que regresa.

Vine tantas veces aquí, bajo el camino de peras y granadas, que la sombra de los árboles parecía hacerme el pasillo.

Padre ¿no ves ahora que estás en el último momento?

Padre ¿no ves que se te acaba el paseo?

Recuerda cuando me decías que todo era por algo. Ahora, me dejas por algo. Algún motivo habrá cuando ahora me dejas.

Estuve siempre en este estado. Ahora me obligarás a estar en este estado.

¿No ves? Ella ya ha entrado por la puerta de tus hermanos; ahora entra por la nuestra.

¿No habrás olvidado las palomas del parque? ¿Ni el sol tumbado sobre el bulevard? ¿No habrás olvidado los paseos cogidos de la mano? ¿Ni las largas avenidas?

¿Por qué voy yo a pretender conocerte? Si nadie se conoce, si nadie habla.

¿Por qué se nos quedó sin hacer el viaje al país del sol naciente? ¿Y nuestro viaje a la Meca?

¿Por qué no recorrimos el Nilo? Y descubrimos el origen de la muerte.

Padre, el hombre de las distancias. Recorrí todos los kilómetros entre las ciudades antes de verlas.

Conocí todos los países antes de saber que los podía encontrar en los mapas.

Te inventaste como padre pródigo de todos los regresos.

Me hiciste soñador de viajes, carreteras y trenes.

Me hiciste creer que las estrellas estaban cerca.

Fuiste marinero, padre, sin barco, sin viento ni vendavales. Hombre de agua seca, tomado por la corriente.

Tuvimos los golpes de hierro en la frente. Y nos dejó la tozudez.

Tuvimos los troncos de los árboles sobre las espaldas y el sabor a madera en los ojos.

Soñábamos el mundo. Y el mundo nos despertaba.

Como ves, padre, no has pasado para nada.

Creo que estarás contento de que hable de ti públicamente con orgullo.

¿Ves aquel árbol? Allí está la casa. ¿No ves aquel árbol? Allí está tu casa.