Aquella comida de la infancia
jueves, junio 21, 2018
Ojalá, digo el placer de comer aquella comida de la infancia. Sí, de comer aquello que nos parecía extremadamente bueno; sí, bueno como el chocolate, las almendras amargas, los calientes frutos que crecían a penas justo por encima de la tierra; legumbres a penas digestivas (se disfrutaba al menos su sabor, rudo y amargo). Podías subirte al árbol más alto de la huerta que ningún fruto bajaba un gramo su temperatura; pero era igual, más calor hacía dentro del cuerpo y en la sangre. Muy pocas veces, alguno que otro se agarraba a las paredes de la garganta seca del verano que tenía que bajar corriendo lo más que podía para alcanzar el sitio más cercano por donde corría el agua de riego de aquella huerta de la infancia. Corría con los zapatos dos o tres números más grandes que mi talla, y aunque tropezaba, corría hacia donde veía agua libre y clara, y metía mi boca y algo más de mi cara.
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