¡Acaso no ves los árboles, sus frutos rebosantes de aire, su ropa envoltura trasparente para lucirse en los solitarios campos! Tenían acceso al vuelo de los pájaros, a sus multicolores alas, al respiro. Formaban remolinos de viento que llegaban al transporte de las semillas. Vino así la superficie de la noche, sus largas ramas y raíces, su silencio pincelado por los nocturnos cantos. Llegaban al borde de las casas del pequeño pueblo, a las tapias, a las ventanas y bordes de madera. Se hace el niño encogido entre sábana y sábana, templadas por el descanso de su frágil cuerpo. Y ahí, en ese instante, comenzaban los fugitivos sueños.