domingo, 22 de enero de 2012

Siempre el mismo punto

Desde la muerte de aquel niño pequeño pasábamos las vacaciones en el mar. Sentados en la playa mirábamos el lugar de su desaparición con la mirada fija en el agua. Siempre la misma agua. Siempre el mismo punto. Sin hablar.

Alguna vez llovía. Y la arena se hacía fango bajo nuestros cuerpos. Al atardecer, y después del atardecer, ya no se veía el punto de agua. Algún reflejo fortuito se había convertido en la señal.

Nos levantábamos. Y la arena iba cayendo de la ropa.

Suena la noche.

Y el sueño será de agua.