Entonces, por nuestros labios corre la duda como el tiempo dormido de las horas. Duda de sueños inacabados. Duda del instante pasado y de imposibles ausencias injustificadas. Pero ya es hora; ya llegó. Ya llegó lo que nadie se explica: la escalada del tiempo, sus tardes sin lluvia, los ambos recuerdos colgados sobre las ventanas. Ya llegó el laberinto de las calles sin salida, estrechas, húmedas y sombrías, nocturnas y vacías. No llamamos a las puertas porque sabemos que no hay nadie. Y si hubiese, nadie contestara. Se apilan las amenazas sobre las escaleras. Se pega el angustioso sudor a la ropa usada. Toma la respiración el nombre de la palabra. Da vueltas por los orificios de los pájaros. Mientras, las cicatrices se corrompen.