Duerme con la tortura del condenado. En esa ira de arrebatarse el tormento. Caduca jamás ni al atardecer, ni en la noche, ni el mar entiende, se enciende como un largo infierno, del espesor de la piedra. Es su embriaguez insaciable con sabor a fuego, de intoxicada mirada sumergida en el abismo.