Llevábamos las puertas abiertas, sus sombras, algo de aquellas miradas que las habían traspasado. Quedaban ellas fijas, perplejas, de piedra. Seguían cayendo las tardes sonrosadas. Se despertaban a su paso los recuerdos. Recuerdos casi de haberlo hecho, casi de cosas reales, con sus huecos de sol y sombras. Sonríen, dicen y mienten. Engañan como si esa fuese la realidad, ciegamente convencidos de su fantasiosa verdad, pues los hacen llorar, desconsolados como si en ello les fuese la vida.