Alguna vez fuimos pájaros del fruto maduro. Nos balanceábamos sobre la ligereza del aire. Nuestras alas desnudas creaban turbulencias de pánico, remolinos de existencias, y pasos. Amanecía sobre los precipicios el intervalo del deseo. Se levantaban en estampida los secretos. Rebosaban por sus bordes las cosas ocultas. Y entonces, y entonces, tomábamos los ojos como atajos.